La Biblioteca del Misterio
Ilustración del cuento «El mensaje que llegó mañana»
CuentoSerie de 2 partesResuelto

El mensaje que llegó mañana

· 8 min de lectura

A las nueve y catorce de la noche, Inés recibió un audio enviado desde su propio teléfono. El mensaje aparecía en una conversación consigo misma que utilizaba para guardar notas. La fecha de envío indicaba…

Parte 1 — Caso abierto

A las nueve y catorce de la noche, Inés recibió un audio enviado desde su propio teléfono.

El mensaje aparecía en una conversación consigo misma que utilizaba para guardar notas. La fecha de envío indicaba el día siguiente, a las siete y cuarenta y dos de la mañana.

Inés miró la pantalla.

Después comprobó la fecha del teléfono. Era martes.

Abrió el audio.

Al principio solo se escuchó una respiración entrecortada. Luego llegó su propia voz:

—Si estás escuchando esto, mañana ya estaré muerta. Gabriel tenía razón. Busca la caja 318. Cuando el reloj suene, mira debajo de la mesa. No confíes en Salcedo.

El mensaje terminó con un golpe seco, parecido al cierre de una puerta metálica.

Inés dejó el teléfono sobre la mesa.

Gabriel había muerto seis meses antes en el Archivo Municipal de San Telmo. Cayó por el hueco del montacargas mientras revisaba unos documentos en el sótano. La investigación concluyó que había sido un accidente.

Álvaro Salcedo, subdirector del archivo, fue la última persona que habló con él.

Inés volvió a escuchar el audio. La voz era idéntica a la suya, pero las frases parecían ensambladas. Entre una palabra y otra no se escuchaba ninguna respiración natural.

Abrió la información del archivo.

El mensaje no se había enviado desde su móvil. Procedía de una tableta conectada a la red interna del archivo.

A las diez llamó a Salcedo.

—¿Has enviado algo desde mi cuenta?

—¿A estas horas?

—El mensaje menciona la caja 318.

Salcedo guardó silencio.

—Esa caja no existe —dijo.

—Entonces no tendrás problema en enseñármela.

—Mañana hablamos.

—¿Qué le ocurrió a Gabriel?

Salcedo colgó.

Inés no durmió.

A las seis y media llegó al archivo. El edificio ocupaba una antigua estación ferroviaria abandonada. En la fachada todavía permanecía el reloj circular que se había detenido a las siete y cuarenta y dos durante un incendio ocurrido en 1998.

El mecanismo llevaba años desconectado.

Inés bajó al sótano y caminó entre las estanterías metálicas. Las cajas estaban ordenadas por números. La 317 estaba en su sitio. La 319 también.

Entre ambas quedaba un espacio estrecho.

Inés metió la mano y sacó una caja gris cubierta de polvo.

En la tapa aparecía el número 318.

Dentro encontró una fotografía, una llave pequeña y una carpeta de inventario.

En la fotografía aparecía Gabriel frente al montacargas. A su lado estaban Salcedo y Marta Varela, la directora del departamento de digitalización. Los tres miraban a la cámara, pero Gabriel tenía la cabeza ligeramente girada.

En el reverso había una fecha: 12 de abril de 2025.

La carpeta contenía una lista de documentos retirados del archivo durante los dos últimos años. Varios figuraban como destruidos o trasladados, aunque Inés recordaba haberlos visto poco antes.

En la última página, Gabriel había escrito:

Los documentos no salen por el registro. Salen por el montacargas.

Debajo aparecían varios nombres.

El último era el de Salcedo.

A las siete y cuarenta y dos, el reloj de la estación sonó.

Una campanada grave recorrió el edificio.

Inés se quedó inmóvil.

El sonido volvió a escucharse desde la pared del sótano. El antiguo mecanismo seguía conectado a alguna parte del sistema eléctrico.

Recordó las palabras del audio.

«Mira debajo de la mesa».

En el centro del depósito había una mesa de madera utilizada para revisar documentos. Inés se agachó y pasó los dedos por la parte inferior.

Encontró una pieza metálica pegada con cinta.

Era otra llave.

La probó en una puerta estrecha junto al montacargas. El cierre cedió.

Dentro había un cuarto de mantenimiento. En el suelo descansaban varias cajas de embalaje, una lámpara portátil y un teléfono antiguo conectado a un cargador.

La pantalla estaba encendida.

Inés reconoció su propia fotografía de perfil.

El teléfono contenía una única aplicación abierta. Allí estaba el audio que había recibido durante la noche.

Había sido programado para enviarse a las siete y cuarenta y dos.

La fecha de creación indicaba que alguien lo había preparado el lunes por la tarde.

Inés oyó pasos en el pasillo.

Apagó la lámpara.

Salcedo apareció frente al montacargas.

—Sabía que encontrarías la caja —dijo.

—¿Enviaste el audio?

—No.

—Está conectado a tu terminal.

—Mi terminal está conectada a todo el edificio.

Inés levantó la carpeta.

—Tu nombre aparece en la lista de Gabriel.

Salcedo miró hacia el montacargas.

—Gabriel no descubrió lo que crees.

—Murió porque encontró documentos robados.

—Eso fue solo una parte.

El teléfono antiguo emitió un sonido.

Había recibido un segundo audio.

La fecha indicaba el día siguiente.

Inés pulsó la pantalla.

Su propia voz susurró:

—No abras la puerta. Salcedo está ahí, pero él no fue quien me mató.

Al otro lado del cuarto, alguien giró lentamente el pomo.

Salcedo palideció.

—¿Quién más tiene una copia de tu voz? —preguntó Inés.

El pomo dejó de moverse.

Después, una segunda mano golpeó la puerta.

El reloj de la estación volvió a sonar.

Esta vez dio dos campanadas.

La puerta comenzó a abrirse.

Y alguien pronunció el nombre de Inés desde el pasillo.

Parte 2 — Resolución

La puerta se abrió unos centímetros.

Marta Varela apareció en el umbral con una llave maestra en la mano.

Llevaba el cabello recogido y un abrigo gris. Su expresión era tranquila, casi cansada.

—Inés —dijo—. Has encontrado la caja.

Salcedo retrocedió.

—Marta, esto no tenía que ocurrir.

—Tú dijiste que ella no bajaría sola.

—No sabía que había recibido el segundo audio.

Marta miró a Inés.

—Entonces ya lo sabes todo.

—Todavía no.

—Sabes lo suficiente.

Inés apretó el teléfono contra la palma. Antes de bajar al sótano había enviado su ubicación a Nuria Vega, una inspectora que conocía desde la investigación de la muerte de Gabriel. La señal era débil, pero el mensaje aparecía como enviado.

—¿Tú fabricaste los audios? —preguntó.

Marta entró en el cuarto y cerró la puerta.

—La voz sí.

—La aplicación estaba conectada a la cuenta de Salcedo.

—Salcedo tenía acceso a los servidores. Yo tenía acceso al sistema de reconstrucción de voz.

Marta dirigía el departamento encargado de restaurar entrevistas antiguas. El archivo poseía cientos de horas de grabaciones. Con suficiente material, podían reconstruir una voz y crear frases nuevas.

—Usaste mi voz para hacerme creer que iba a morir.

—Necesitaba que vinieras hasta aquí.

—¿Para matarme?

—Para recuperar la carpeta.

Marta señaló la documentación que Inés llevaba en la mano.

—Gabriel escondió una prueba. Sabía que estaba vendiendo documentos del archivo. Mapas, cartas, manuscritos. Los compradores pagaban mucho más que cualquier presupuesto municipal.

—Y tú organizabas las ventas.

—Yo encontraba los documentos. Salcedo los sacaba por el montacargas. Gabriel descubrió el sistema.

Salcedo bajó la cabeza.

—Solo ayudé con los registros —dijo—. Nunca quise que muriera.

Marta lo miró con desprecio.

—A Gabriel le dijiste lo mismo.

—Yo no toqué el montacargas.

—Le quitaste el seguro.

Inés recordó la fotografía. Gabriel miraba hacia un lado. No estaba posando. Estaba observando el cable de seguridad.

—Él sabía que algo iba mal —dijo Inés.

—Gabriel intentó denunciarme —respondió Marta—. La noche del accidente bajó al sótano con una copia de los registros. Salcedo debía distraerlo. Yo manipulé el freno.

—Y después escondiste la carpeta en la caja 318.

—Gabriel la escondió. Yo tardé meses en encontrarla.

—Entonces, ¿por qué enviaste el primer audio desde mi cuenta?

Marta sacó otro teléfono del bolsillo.

—Porque necesitaba que pareciera una advertencia de alguien muerto. Si te encontraba aquí, la explicación sería sencilla. Entraste sola, abriste una puerta equivocada y caíste por el montacargas.

—Pero el primer mensaje decía que Salcedo era peligroso.

—Quería que desconfiaras de él.

—El segundo decía que él no era el asesino.

Marta sonrió.

—Quería que bajaras la guardia cuando lo vieras.

Salcedo levantó la mirada.

—Me dijiste que solo querías asustarla.

—Te dije lo que necesitabas escuchar.

Marta avanzó hacia Inés.

En ese momento, el teléfono antiguo volvió a sonar.

Una luz roja comenzó a parpadear sobre la puerta.

La alarma del archivo se activó.

Marta se detuvo.

—¿Qué has hecho?

Inés mostró su teléfono.

—La llamada con Nuria seguía abierta desde antes de entrar.

En el auricular se escuchaban voces y pasos apresurados.

Marta se lanzó hacia ella.

Inés esquivó el golpe y chocó contra una estantería. La carpeta cayó al suelo. La llave pequeña rodó hasta el montacargas.

Salcedo agarró a Marta por el brazo.

—¡Basta!

Marta lo golpeó en la cara.

Después recogió la llave y corrió hacia el panel de control del montacargas.

—Si subo, borraré los registros —dijo.

—Los registros ya están fuera del edificio —respondió Inés.

Marta se quedó inmóvil.

Inés había fotografiado todas las páginas de la carpeta antes de que ella entrara. Las imágenes se habían enviado automáticamente a Nuria.

Desde el pasillo llegaron golpes contra la puerta.

—¡Policía! ¡Abra!

Marta intentó introducir la llave en el panel, pero Salcedo se abalanzó sobre ella. Ambos cayeron al suelo.

Inés abrió la puerta.

Nuria Vega entró con dos agentes. Marta fue esposada junto al montacargas. Salcedo no opuso resistencia.

La investigación duró varios meses.

La policía recuperó documentos en una colección privada de Lisboa y en dos galerías de Madrid. También encontró copias de los audios en el ordenador de Marta.

El sistema reveló que el mensaje había sido programado desde una tableta del archivo. La fecha futura se debía a un error del servidor, que estaba adelantado veinticuatro horas.

Marta había reunido fragmentos de la voz de Inés para crear la advertencia. Después utilizó la cuenta de Salcedo para ocultar su rastro.

Gabriel había dejado una última prueba.

En la parte posterior de la fotografía había escrito una dirección y una hora. La dirección correspondía a una taquilla de la antigua estación.

Dentro encontraron un cuaderno con los nombres de los compradores, las cantidades pagadas y las instrucciones de Marta para sacar cada pieza del archivo.

La última página estaba fechada el día de la muerte de Gabriel.

Solo contenía una frase:

Si me ocurre algo, la persona que parezca culpable no será la única responsable.

El reloj de la estación volvió a sonar una semana después.

Marcó las siete y cuarenta y dos.

Luego dio dos campanadas.

Inés estaba frente a la entrada cuando lo escuchó. Miró hacia el sótano, donde la caja 318 permanecía bajo custodia policial.

Por primera vez, el sonido no le pareció una advertencia.

Era la hora exacta en que Gabriel había decidido dejar la verdad a salvo.

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