La Biblioteca del Misterio
Ilustración del cuento «La última llamada de Radio Horizonte»
CuentoSerie de 2 partesResuelto

La última llamada de Radio Horizonte

· 8 min de lectura

—No abras la cabina B. Vera levantó la cabeza. La voz había salido del intercomunicador, pero no pertenecía a ningún programa. Era un susurro bajo, casi sin volumen. Y era idéntica a la suya. —¿Quién…

Parte 1 — Caso abierto

—No abras la cabina B.

Vera levantó la cabeza.

La voz había salido del intercomunicador, pero no pertenecía a ningún programa. Era un susurro bajo, casi sin volumen.

Y era idéntica a la suya.

—¿Quién habla?

Solo respondió una interferencia.

Vera miró hacia el pasillo. Al fondo, sobre la puerta de la cabina B, una luz roja acababa de encenderse.

La cabina llevaba años cerrada. Allí se guardaban las cintas antiguas de Radio Horizonte, junto con equipos que nadie utilizaba. El circuito eléctrico había sido desconectado después de un incendio menor.

Vera volvió a ponerse los auriculares.

—Álvaro, ¿estás en la cabina B?

La voz del presentador llenó el estudio.

—Hay llamadas que no deberían contestarse —decía Álvaro Santaclara—. Especialmente cuando llegan desde un lugar que ya no existe.

Vera miró la pantalla de emisión. El programa continuaba en directo.

Álvaro hablaba de Lucio Ferrer, un antiguo técnico de la emisora que había desaparecido diecisiete años atrás.

—La versión oficial dice que Lucio abandonó la ciudad —continuó—. Pero alguien conservó una grabación de su última noche.

Vera recordó que Álvaro llevaba semanas investigando aquel caso. También recordaba sus discusiones con Tomás Villalba, el productor del programa.

Tomás no quería que mencionara a Lucio.

Decía que solo atraería problemas.

Tres golpes sonaron por el intercomunicador.

Vera se quitó los auriculares.

—Álvaro, abre la puerta.

Nadie respondió.

Los golpes se repitieron.

Uno.

Dos.

Tres.

Vera cruzó el pasillo. La emisora estaba casi vacía. Solo quedaban ella, Álvaro y Tomás, que trabajaba en su despacho.

La puerta de la cabina B estaba cerrada.

Vera probó el pomo.

No se movió.

—Álvaro, ¿me escuchas?

La voz del presentador continuó saliendo por los altavoces.

—Lucio no desapareció. Lo hicieron desaparecer.

Vera regresó corriendo a la sala de control.

Tomás estaba allí.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—La luz de la cabina B se ha encendido.

Tomás palideció.

—Ese circuito no funciona.

—Lo sé.

La voz de Álvaro seguía en el aire. Sonaba tranquila, demasiado limpia, como si estuviera leyendo un texto preparado.

—Si alguien encuentra la cinta número nueve, sabrá quién estaba aquí cuando Lucio murió.

Tomás se acercó a la consola y bajó el volumen.

—Corta la emisión.

—Álvaro sigue hablando.

—He dicho que la cortes.

Vera no obedeció.

Algo golpeó el cristal de la cabina B.

Tomás miró hacia el pasillo.

—¿Has visto entrar a alguien?

—No.

Él sacó una llave del bolsillo.

Vera lo observó.

—¿Desde cuándo tienes esa llave?

—Desde antes de que tú empezaras a trabajar aquí.

Tomás abrió la puerta.

El olor metálico de la sangre llegó antes que la imagen.

Álvaro estaba sentado frente a un micrófono apagado. Tenía los auriculares puestos y la cabeza inclinada sobre el hombro. Una mancha oscura cubría la parte delantera de su camisa.

Vera se acercó y buscó su pulso.

No encontró nada.

—Está muerto —dijo.

Tomás no respondió.

Sobre la mesa había una cinta de casete sin etiqueta. Junto a ella, un pequeño grabador portátil y una hoja doblada.

Vera abrió la hoja.

Solo contenía una frase:

La voz siempre vuelve.

La policía llegó poco después.

La puerta no había sido forzada. La ventana estaba cerrada por dentro. No había otra salida.

El inspector Salvatierra interrogó primero a Vera.

—¿Quién controlaba la emisión?

—Yo.

—¿Y quién podía entrar en la cabina?

—Álvaro y Tomás. Yo no tenía llave.

Tomás confirmó su versión.

—La encontré en mi despacho —explicó—. No sé cómo llegó allí.

Vera lo miró.

—La llevabas en el bolsillo.

El inspector anotó algo.

—¿La emisión seguía en directo cuando encontraste el cuerpo?

—Eso creía.

—¿Ahora ya no lo cree?

Vera no contestó.

Volvió a la sala de control y abrió el archivo digital del programa.

La grabación duraba una hora exacta, pero algo no encajaba.

Retrocedió hasta el momento en que había escuchado los tres golpes.

Subió el volumen.

Primero apareció una respiración.

Después, un ruido metálico.

Luego una voz susurró:

—Vera, abre.

Vera dejó de respirar.

Tomás se había quedado detrás de ella.

—Eso es imposible —dijo él.

—Es mi voz.

—Podrían haberla imitado.

—No.

Vera reprodujo el fragmento otra vez.

Era su voz. La misma entonación, la misma forma de pronunciar la última palabra.

Abrió el panel de archivos recientes.

Había un documento nuevo.

Archivo recibido: 01:03.

Vera hizo clic.

El audio duraba cuatro segundos.

Se escuchó estática.

Después, su propia voz susurró:

—No abras la cabina B.

Vera levantó la mirada.

La puerta de la cabina estaba abierta.

Dentro, junto al cuerpo de Álvaro, la luz roja volvió a encenderse.

Y desde el interior llegó otro golpe.

Esta vez, alguien respondió desde el otro lado.

Parte 2 — Resolución

—No abras la cabina B.

La voz volvió a sonar desde el interior.

Vera retrocedió. Tomás cerró la puerta de golpe y se interpuso entre ella y el pasillo.

—Tenemos que salir —dijo.

—¿Por qué?

—La policía debe revisar esto.

—La policía ya ha revisado la cabina.

—Entonces no vuelvas a entrar.

Vera observó su rostro. Tomás estaba asustado, pero no por el cuerpo de Álvaro.

Tenía miedo de otra cosa.

—¿Qué hay dentro? —preguntó.

Tomás no respondió.

Vera regresó a la sala de control y llamó al inspector Salvatierra. Le explicó que había aparecido un archivo nuevo en el ordenador y que la voz de la grabación era suya.

Mientras hablaba, vio una luz azul encendida en la cabina B.

No procedía del techo.

Venía de un antiguo reproductor de cintas.

—Inspector —dijo—, alguien ha conectado un equipo dentro de la cabina.

—No entre. Ya voy de camino.

Tomás se acercó a la puerta.

—¿Qué le has contado?

—Lo suficiente.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sé que Álvaro te tenía miedo.

Tomás la miró con dureza.

—Álvaro tenía miedo de todo el mundo.

—¿También de Lucio Ferrer?

El silencio de Tomás fue suficiente.

Vera volvió a entrar en la cabina.

El reproductor estaba encendido. La cinta giraba lentamente. En la carcasa alguien había escrito un número con tinta negra:

9

Tomás intentó quitársela.

Vera lo detuvo.

—No la toques.

—Esa cinta no pertenece a Álvaro.

—Entonces sabrás qué contiene.

Tomás apretó los labios.

El reproductor comenzó a emitir una grabación antigua.

Primero se escuchó una puerta cerrándose. Después, la voz de Lucio Ferrer.

—He copiado los documentos, Tomás. Si me ocurre algo, la policía recibirá una copia.

Vera miró al productor.

La grabación continuó.

—No puedes seguir utilizando las llamadas de los invitados para chantajearlos.

—Nadie te va a creer —respondió un hombre más joven—. Nadie escucha a un técnico.

—Álvaro sí me escuchará.

Hubo un golpe.

Lucio cayó al suelo.

Su respiración se volvió irregular.

—Tomás…

—Debiste marcharte cuando te lo pedí.

La grabación terminó con un ruido seco.

Vera comprendió lo ocurrido.

Lucio nunca había abandonado la ciudad. Había sido asesinado dentro de la emisora.

—¿Dónde está su cuerpo? —preguntó.

Tomás no respondió.

La puerta de la cabina se cerró detrás de ellos.

—Dame la cinta —dijo él.

Vera retrocedió.

—Álvaro la encontró antes que nosotros.

—Álvaro no sabía lo que estaba escuchando.

—Por eso lo mataste.

Tomás avanzó.

—Álvaro quería emitir esta grabación. Pensaba que podía destruirme.

—Y utilizaste mi voz para incriminarme.

Por primera vez, Tomás sonrió.

—Tu voz estaba en cientos de archivos de la emisora. Solo tuve que recortar algunas palabras.

—¿La grabación nueva?

—La programé desde el servidor. El archivo apareció después porque yo le puse esa hora.

Vera miró hacia la mesa.

—¿Y la emisión?

—Álvaro había grabado parte del programa antes de entrar en la cabina. Usé el sistema de retraso. Mientras todos escuchaban su voz, él ya estaba muerto.

Un ruido procedente del pasillo interrumpió la conversación.

La puerta se abrió.

El inspector Salvatierra entró acompañado por dos agentes.

Tomás se volvió demasiado tarde.

—Hemos escuchado la confesión —dijo el inspector.

Tomás intentó escapar por la puerta trasera de la cabina, pero uno de los agentes lo derribó contra el suelo.

Vera permaneció junto al reproductor.

—¿La cinta demuestra que Lucio murió aquí?

—Sí —respondió Salvatierra—. Pero necesitamos encontrar el cuerpo.

Tomás cerró los ojos.

Aquella reacción confirmó lo que faltaba.

La policía registró la emisora durante toda la madrugada. Encontraron una trampilla bajo la antigua escalera que conducía al transmisor. Debajo había un espacio estrecho, cubierto de cemento reciente.

En el interior encontraron los restos de Lucio Ferrer.

También hallaron una caja con documentos, grabaciones y nombres de personas a las que Tomás había chantajeado durante años.

Álvaro había descubierto la caja y la cinta número nueve. Por eso murió.

Antes de abandonar la emisora, Vera volvió a la sala de control. El archivo con su voz seguía abierto en la pantalla.

Lo reprodujo una última vez.

—No abras la cabina B.

Esta vez distinguió algo que no había notado antes.

Debajo de su voz se escuchaba otra respiración.

La de Álvaro.

Vera abrió el archivo original y encontró un fragmento añadido al final.

La voz del presentador susurraba:

—Si escuchas esto, ya sabes quién fue.

Después se oyó una pausa.

—Pero todavía falta saber quién le ayudó.

Vera miró a Salvatierra.

—¿Tomás actuaba solo?

El inspector tomó la cinta número nueve.

—Eso lo descubriremos en la investigación.

La luz roja de la cabina B se apagó.

Radio Horizonte permaneció cerrada durante tres meses. Cuando volvió a emitir, Vera ocupó el lugar de Álvaro.

No presentó un programa sobre crímenes sin resolver.

Habló de Lucio Ferrer.

Y antes de comenzar, dejó la cinta número nueve sobre la mesa, dentro de una caja transparente.

Para que nadie pudiera volver a esconderla.

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