La Biblioteca del Misterio
Ilustración del cuento «El turno de la morgue»
CuentoSerie de 2 partesResuelto

El turno de la morgue

· 14 min de lectura

A las dos y diecisiete de la madrugada, Clara Montes recibió un cadáver con el nombre de un hombre que seguía vivo. El turno nocturno de la morgue municipal solía transcurrir sin sorpresas. Un accidente…

Parte 1 — Caso abierto

A las dos y diecisiete de la madrugada, Clara Montes recibió un cadáver con el nombre de un hombre que seguía vivo.

El turno nocturno de la morgue municipal solía transcurrir sin sorpresas. Un accidente de tráfico, una persona sin identificar, alguna muerte natural pendiente de traslado. Clara llevaba seis años trabajando allí y había aprendido a reconocer los sonidos del edificio: los motores de las cámaras frigoríficas, las ruedas de las camillas, el golpe metálico de las puertas y el zumbido constante de las luces.

Aquella noche, una furgoneta blanca se detuvo junto a la entrada de servicio.

El conductor entregó una carpeta.

—Traslado urgente —dijo.

Clara miró la hoja.

Andrés Rivas. Sesenta y siete años. Varón. Muerte pendiente de autopsia.

Conocía el nombre.

Andrés Rivas había sido juez de instrucción durante más de treinta años. Se había retirado hacía poco, pero seguía apareciendo en los periódicos porque había reabierto varios casos antiguos relacionados con desapariciones y corrupción policial.

—¿De dónde viene? —preguntó Clara.

—De un domicilio particular.

—¿Quién ha firmado el certificado?

El conductor señaló la última página.

La firma pertenecía a la doctora Lucía Barea, directora de la morgue.

Clara levantó la vista.

—La doctora Barea está dentro.

—Me dijeron que dejara el cuerpo y me marchara.

El hombre descargó la camilla. El cuerpo estaba cubierto hasta el cuello. No llevaba pulsera de hospital. Solo una etiqueta de plástico atada al tobillo.

Clara comprobó la hora del traslado.

01:58.

La furgoneta había llegado casi veinte minutos después.

—Esta hora está mal.

—Yo solo conduzco.

El conductor se marchó antes de que Clara pudiera hacer otra pregunta.

Clara llevó la camilla hasta la cámara número cuatro. Antes de introducir el cuerpo, revisó la etiqueta.

El rostro no coincidía con ninguna fotografía de Andrés Rivas que hubiera visto en los periódicos.

Era un hombre de unos cincuenta años, con el cabello gris y una cicatriz antigua en la muñeca izquierda. En el antebrazo tenía un tatuaje descolorido: un triángulo negro atravesado por una línea.

Clara volvió a mirar la etiqueta.

Andrés Rivas.

Abrió el sistema informático. El registro ya estaba creado.

La entrada figuraba a las 01:41, diecisiete minutos antes de que la furgoneta llegara.

El documento estaba validado con el usuario de la doctora Barea.

Clara cogió el teléfono de la sala y buscó el número de Andrés Rivas en una base de datos pública. Marcó.

Contestaron después de cuatro tonos.

—¿Sí?

Clara reconoció la voz por las entrevistas de televisión.

—¿El señor Andrés Rivas?

—Sí.

—Soy Clara Montes, de la morgue municipal.

Hubo un silencio.

—¿Por qué me llama la morgue?

Clara miró el cuerpo cubierto por la sábana.

—Necesito confirmar unos datos de identidad.

—Estoy en mi casa.

—¿Está solo?

—No. Mi hija está conmigo.

—¿Se encuentra bien?

—¿Qué está pasando?

Clara no respondió de inmediato.

—¿Ha sufrido algún accidente esta noche?

—No.

—¿Ha firmado algún documento de traslado médico?

—Señorita, ¿quién le ha dado mi número?

Clara oyó una puerta cerrarse al otro lado de la línea.

—No salga de casa —dijo.

—¿Qué?

—Cierre todas las puertas y llame a la policía.

—¿Por qué?

Clara miró otra vez al cadáver.

—Porque aquí hay un cuerpo registrado con su nombre.

Rivas no contestó.

Entonces dijo:

—¿La doctora Barea está de servicio?

—Sí.

—No le diga nada.

La llamada terminó.

Clara guardó el teléfono en el bolsillo de la bata.

La puerta de la sala se abrió.

La doctora Barea entró con un abrigo oscuro sobre el uniforme.

—¿Qué haces con ese cuerpo fuera de la cámara?

—El registro tiene una hora incorrecta.

—Lo corregiré después.

—El nombre también parece incorrecto.

Barea miró la etiqueta.

Durante un instante, su expresión cambió.

—¿Has llamado a Rivas?

Clara no respondió.

—Te he hecho una pregunta.

—El teléfono estaba en el documento.

—No vuelvas a hacer llamadas desde esta sala.

—El hombre está vivo.

Barea se acercó a la camilla.

—Eso no lo sabes.

—Acabo de hablar con él.

La doctora Barea miró hacia la cámara frigorífica.

—Introduce el cuerpo y cierra la puerta.

—Necesito una identificación oficial.

—La tendrás por la mañana.

—¿Qué ocurre si el nombre es falso?

Barea se quitó los guantes.

—Entonces corregiremos el nombre.

La doctora salió de la sala.

Clara esperó unos segundos antes de introducir la camilla en la cámara número cuatro.

Durante el traslado, notó algo duro bajo la espalda del cadáver. Levantó ligeramente el cuerpo y encontró una pequeña llave de latón cosida al forro interior de la chaqueta.

La llave tenía una placa metálica con una inscripción:

M-17

Clara la guardó en el bolsillo.

A las seis y cincuenta y tres, su teléfono recibió una alerta de noticias.

El juez retirado Andrés Rivas aparece muerto en su domicilio.

Clara abrió el enlace.

La noticia decía que Rivas había sido encontrado en su despacho, sentado junto a la ventana. La puerta estaba cerrada por dentro. Su hija había llamado a emergencias a las seis y veinte.

La hora estimada de la muerte era las seis y cuarenta.

Clara volvió a la cámara número cuatro.

La puerta estaba abierta.

La camilla seguía allí.

El cuerpo había desaparecido.

La etiqueta permanecía sobre el suelo.

Clara llamó a Barea, pero nadie respondió.

Después llamó a la policía.

La inspectora Irene Lobo llegó veinte minutos más tarde. Era una mujer alta, de unos cuarenta años, con el cabello corto y una libreta negra en la mano.

—Explíqueme desde el principio —dijo.

Clara le contó todo.

Lobo escuchó sin interrumpir.

—¿Está segura de que el cuerpo estaba aquí?

—Lo introduje personalmente.

—¿Y ahora ha desaparecido?

—Sí.

La inspectora entró en la cámara.

En el suelo, junto a la puerta, había una marca oscura y estrecha.

No era sangre.

Parecía cera funeraria.

—¿Quién tiene acceso a esta zona? —preguntó Lobo.

—La doctora Barea, el personal de traslado y yo.

—¿Las cámaras funcionan?

Clara señaló el monitor.

La grabación de la cámara número cuatro estaba dañada entre las dos y diez y las dos y veintiséis.

Lobo miró la pantalla.

—Justo durante el traslado.

—La entrada del sistema se creó antes de que llegara la furgoneta.

—¿Quién firmó el documento?

Clara le mostró la carpeta.

Lobo leyó la firma de Barea.

—¿Y quién figura como responsable del traslado?

Clara observó la última línea.

Clara Montes.

—Yo no firmé esto.

Lobo levantó la mirada.

—Su nombre aparece aquí.

—Alguien lo ha falsificado.

—¿Quién conocía su número de identificación?

Antes de que Clara pudiera responder, el teléfono de la inspectora vibró.

Escuchó durante varios segundos.

—Han confirmado la identidad de Rivas —dijo al colgar—. El cadáver de su casa es realmente él.

Clara sintió que el pasillo se estrechaba.

—Entonces el hombre de la cámara no era Rivas.

—Eso parece.

—¿Quién era?

—Eso vamos a averiguarlo.

Lobo guardó la carpeta en una bolsa de pruebas.

Clara metió la mano en el bolsillo y tocó la llave con la placa M-17.

No dijo nada.

A las ocho y doce, cuando la inspectora ya se había marchado con los documentos, Clara recibió una notificación del sistema.

Nueva entrada pendiente de validación.

Abrió el registro.

El nombre era el suyo.

Clara Montes. Treinta y dos años. Mujer. Muerte pendiente de autopsia.

La hora de entrada estaba programada para las siete y cuarenta y dos de la mañana siguiente.

Debajo aparecía una observación:

No trasladar. Mantener en la sala fría.

Clara levantó la vista.

Al fondo del pasillo, la puerta de la cámara número cuatro comenzó a abrirse.

Parte 2 — Resolución

La puerta de la cámara número cuatro se abrió lentamente.

Clara retrocedió.

Dentro no había nadie.

Solo la camilla vacía, una sábana doblada y una línea de cera seca sobre el suelo.

El teléfono volvió a vibrar.

El registro de su muerte seguía abierto en la pantalla.

Clara hizo una captura y se la envió a la inspectora Lobo.

Después cerró el sistema y salió de la sala.

La doctora Barea estaba junto a la recepción.

—¿Qué haces aquí todavía? —preguntó.

—Ha desaparecido un cadáver.

—Ya me lo han comunicado.

—Y alguien ha registrado mi propia muerte.

Barea la miró sin sorpresa.

—El sistema comete errores.

—El sistema no inventa firmas.

—Habla con la inspectora.

—La firma del traslado llevaba tu nombre.

—Entonces será cosa de la policía.

Clara metió la mano en el bolsillo y apretó la llave M-17.

—¿Qué significa esto?

Barea miró la placa metálica.

Solo fue un instante, pero Clara vio el miedo.

—No lo sé.

—La encontré cosida a la chaqueta del cadáver.

—Entonces entrégasela a la policía.

—Eso haré.

Barea se acercó.

—Antes de hacer acusaciones, asegúrate de saber dónde estás metida.

Clara sostuvo su mirada.

—Eso mismo me dijo Andrés Rivas.

La doctora Barea no respondió.

Clara salió del edificio.

La inspectora Lobo la esperaba en el aparcamiento.

—He recibido la imagen —dijo—. ¿Qué es la llave?

—La encontré en el cadáver.

—¿Por qué no me la entregó antes?

—Porque quería saber si Barea la reconocía.

—¿La reconoció?

—Sí.

Lobo abrió la puerta del coche.

—Suba.

En la comisaría, Clara volvió a contar todo. Lobo escuchó la grabación de la llamada con Rivas y examinó la fotografía de la llave.

—M-17 —dijo—. ¿Le recuerda algo?

—No.

—En los archivos antiguos de la morgue, las salas se identificaban con letras y números. M-17 podría ser un compartimento de almacenamiento.

—El archivo antiguo está cerrado desde hace diez años.

—¿Quién conserva las llaves?

Clara pensó en la doctora Barea.

—Ella.

Lobo buscó el nombre de Nicolás Orta en la base de datos policial.

El resultado apareció después de unos segundos.

Nicolás Orta. Conductor de ambulancias. Desaparecido el 18 de octubre de 2011.

Clara miró la fotografía.

El rostro era el del cadáver de la cámara número cuatro.

—Lo conocías —dijo Lobo.

—No personalmente. Trabajó en el hospital antes de que yo entrara.

—¿Por qué tendría la llave?

—Quizá no era suya.

Lobo imprimió el informe de desaparición.

En la última página aparecía una anotación escrita a mano:

El expediente fue cerrado por falta de pruebas.

La firma pertenecía a Andrés Rivas.

—Rivas investigó su desaparición —dijo Clara.

—Y nunca encontró el cuerpo.

Lobo abrió otro archivo.

—Mire esto.

Era un informe de traslado firmado por la doctora Barea. Según el documento, Nicolás Orta había muerto en un accidente de carretera tres días después de desaparecer.

—¿Cómo puede existir un informe de traslado si nunca apareció el cuerpo? —preguntó Clara.

—No puede.

Lobo llamó al departamento de registros.

Después de varias consultas, descubrió que el documento había sido incorporado al sistema doce años después de la fecha indicada.

—Alguien lo añadió recientemente —dijo.

Clara observó la fotografía del cadáver.

—Nicolás intentó contar algo.

—Y alguien se aseguró de que nadie lo escuchara.

A las seis de la tarde, Lobo recibió una llamada del domicilio de Rivas.

La hija del juez había encontrado una carpeta escondida dentro de una caja fuerte. En la portada aparecía una referencia:

M-17. Registro de fallecimientos especiales.

Lobo miró a Clara.

—La llave.

Fueron juntas al archivo antiguo de la morgue. El edificio estaba cerrado, pero Lobo tenía una orden de registro provisional.

La sección M había pertenecido al antiguo depósito de documentación. Los compartimentos estaban numerados y cubiertos con una capa de polvo.

La llave abrió el número 17.

Dentro había un libro negro, varias copias de certificados de defunción y un sobre con fotografías.

El libro contenía nombres, fechas y cantidades de dinero.

Algunos nombres estaban marcados con una cruz roja.

Otros aparecían acompañados por la palabra sustitución.

Clara reconoció varios apellidos de personas que habían muerto años antes.

—Estas personas no están muertas —dijo Lobo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque dos de ellas siguen cobrando pensiones en el extranjero. Una aparece en un registro de propiedad de Marruecos.

Clara pasó las páginas.

En una de ellas aparecía el nombre de Andrés Rivas.

Al lado figuraba una fecha futura.

La fecha de su muerte.

Debajo había una nota:

El cuerpo de prueba será entregado durante el turno nocturno.

Clara sintió frío en las manos.

—Nicolás era el cuerpo de prueba.

—Barea quería comprobar si el sistema aceptaba una identidad falsa antes de registrar la muerte de Rivas.

—Pero ¿por qué matar a Rivas después?

—Porque descubrió el libro.

En ese momento, se oyó un ruido en el pasillo.

Lobo cerró el libro.

—Apague la luz.

Las dos permanecieron inmóviles.

Una sombra pasó bajo la puerta.

Después se escuchó el sonido de una llave girando.

—Han cerrado la entrada —susurró Clara.

—¿Barea?

—O Roca.

—¿Quién es Roca?

Clara señaló una de las fotografías.

En ella aparecía un hombre de traje oscuro junto a una funeraria.

Esteban Roca. Director de Servicios Funerarios Orbe.

En el reverso de la fotografía, Gabriel? No, should be Andrés? We need no Gabriel in story. It was maybe Rivas? Let's alter: "En el reverso..." But current story uses no Gabriel. We'll write "En el reverso de la fotografía aparecía una anotación de Rivas". Need continue.

—La funeraria Orbe realizó todos los traslados relacionados con los nombres marcados —dijo Lobo.

La puerta se abrió.

La doctora Barea entró acompañada de Esteban Roca.

—Dejen el libro en el suelo —ordenó Roca.

Lobo sacó su arma.

—Está detenido.

Roca cerró la puerta detrás de él.

—No tiene autoridad para detener a nadie aquí.

—Tengo una orden de registro y pruebas suficientes para solicitar su detención.

Barea miró a Clara.

—Te dije que no sabías dónde estabas metida.

—Ahora sí.

Roca avanzó hacia ellas.

—El libro no demuestra nada. Son registros antiguos sin valor legal.

—Demuestra que falsificasteis certificados —dijo Lobo.

—Demuestra que alguien hizo anotaciones.

Clara levantó una de las fotografías.

En ella aparecía Nicolás Orta junto a una ambulancia. En el reverso, Rivas había escrito:

Orta sabía quién recibía los cuerpos. Barea sabía quién los reclamaba. Roca decidía quién desaparecía.

Roca cambió de expresión.

—Dame eso.

Clara retrocedió.

Barea se lanzó hacia ella.

Lobo intentó detenerla, pero Roca golpeó la lámpara y la sala quedó a oscuras.

Clara corrió hacia la puerta.

Un brazo la sujetó por la espalda.

Reconoció el olor del desinfectante que impregnaba la ropa de Barea.

—Tu nombre ya está en el registro —susurró la doctora—. Mañana nadie dudará de que el cuerpo es tuyo.

Clara golpeó hacia atrás con el codo. Barea perdió el equilibrio.

En la oscuridad, Clara encontró la pared y pulsó el interruptor de emergencia.

Las luces rojas se encendieron.

Lobo tenía a Roca contra el suelo.

Barea corría hacia la salida.

Clara le arrojó el libro a los pies.

La doctora cayó.

Lobo llegó hasta ella antes de que pudiera levantarse.

—Lucía Barea, queda detenida por asesinato, falsificación documental y ocultación de pruebas.

Barea miró a Clara.

—No sabes cuántas personas necesitaban desaparecer.

—Eso no te daba derecho a decidir quién moría.

La investigación reveló que Barea y Roca habían creado una red de identidades falsas durante más de una década.

Algunos clientes querían escapar de deudas o procesos judiciales. Otros deseaban cobrar seguros y herencias. Pagaban por ser declarados muertos y recibían documentos nuevos en otro país.

Para fabricar esas muertes utilizaban cuerpos sin identificar.

Nicolás Orta había participado en los traslados. Cuando decidió denunciar la red, Barea lo asesinó y guardó su cuerpo durante años en una instalación privada.

Andrés Rivas descubrió el sistema al revisar el antiguo expediente de Nicolás. Preparó el libro M-17 y planeaba entregarlo a la policía.

Barea registró el cuerpo de Nicolás con su nombre para enviarle una advertencia. Después, Roca asesinó a Rivas en su despacho y ambos retiraron el cadáver de la morgue para borrar la conexión.

La firma de Clara había sido falsificada para convertirla en la responsable de la entrada irregular.

El registro de su propia muerte estaba programado para las siete y cuarenta y dos porque era la hora en que el sistema validaba automáticamente los traslados nocturnos.

Una semana después, Clara volvió a trabajar en la morgue.

La cámara número cuatro permanecía cerrada.

En su interior solo quedaban la camilla y una etiqueta sin nombre.

Clara la guardó en una caja de pruebas.

Antes de marcharse, revisó el sistema.

El registro de su muerte había sido eliminado.

En su lugar aparecía una nueva entrada:

Nicolás Orta. Identidad confirmada.

Clara apagó el monitor.

Durante unos segundos, escuchó el zumbido de las cámaras frigoríficas.

Después, desde la sala vacía, llegó el sonido de una puerta metálica cerrándose.

Esta vez, Clara no sintió miedo.

Solo recordó la primera línea del libro de Rivas:

Nadie desaparece por completo mientras alguien conserve su nombre.

  • #cuento
  • #clara
  • #rivas
  • #barea
  • #habia
CompartirWhatsAppXFacebook

Otros cuentos

Ver archivo →